El mar de Barcelona (Francesc Petit)

Cuando Barcelona era solo un pequeño pueblo llamado Laie, habitado por nativos llamados Layetanos, que vivían de las riquezas del mar Mediterráneo, dicen que donde hoy está el puerto de Barcelona había un verdadero paraíso de ostras, con el que se alimentaban los layetanos. El pequeño pueblo estaba junto al mar y los niños podían jugar en las aguas cristalinas de Barcelona. Novios paseaban por la playa al atardecer y los ancianos se sentaban en las rocas mirando ese maravilloso mar, lleno de leyendas y magia. Dicen que a cada tarde un sabio layetano llegaba a la orilla del agua y ponía su oído para escuchar las canciones e historias que llegaban a través de las olas del mar a través del Mediterráneo. Él, el sabio, permanecía allí con la oreja en el agua hasta el anochecer. Luego se unía a la gente del pueblo alrededor de una fogata y le contaba todo lo que había oído; cantaba las canciones y recitaba los poemas; Hablaba de hermosas doncellas y sabios que decían cosas mágicas, hombres que conocían las estrellas y hablaban con el sol; de poderosos dioses y religiones, de guerras y poderosos, de riquezas y palacios. Y así, el viejo sabio seguía hablando y comiendo ostras hasta altas horas de la noche.

Mar3.jpg

Los layetanos disfrutaban de ese pequeño paraíso, con un clima ameno y muy soleado; el verano era largo y el invierno agradable. La riqueza de los bosques y el valle entre el mar y las montañas de Collserola ofrecía todo tipo de alimentos, frutas, verduras silvestres y una gran cantidad de liebres y perdices; En el bosque abundaban los cuyes y los ciervos. En los árboles nativos había una fabulosa variedad de frutas; También se cosecharon más de cien variedades de hongos en los bosques de frondosos pinos mediterráneos; y en los matorrales de ginesta se podían recoger cientos de kilos de grandes y sabrosos caracoles.

En el mar divino de Barcelona, además de las deliciosas ostras, se pescaban pescados ricos y todo tipo de mariscos, incluidos mejillones, langostas, cangrejos de río y las cigalas. Los patos silvestres y los patos salvajes pasaban largas temporadas allí, hasta la llegada del invierno, cuando migraban hacia lugares más cálidos.

 Las muchachas del pueblo hacían grandes ramos de flores y hierbas, y llenaban sus casas con ellas; los muchachos hacían montones de ramas y troncos del bosque para el consumo de sus familias. Los layetanos eran una tribu, como una gran familia.

Durante este período, 3000 AC, la región estaba muy despoblada, solitaria. Los pocos habitantes de la región estaban dispersos y separados en toda la península, y nunca se cruzaban.

En un día muy claro, desde el topo de Montjuic, a veces se podían ver algún tipo de embarcación desconocida a la distancia. El pueblo de los layetanos estaba exactamente apoyado contra la montaña de Montjuic, porque allí estaban mejor protegidos del clima, al igual que los fuertes vientos de la tramontana, las lluvias y porque también era más fácil obtener las piedras y losas extremadamente primitivas para la construcción de sus casas. Los layetanos aún no habían dominado el hierro ni tenían ningún oficio o artesanía.

En una cálida tarde, el viejo sabio hizo su tradicional escucha en las aguas del mar. Se inclinó y acercó la oreja al agua, pero fue quedando con un aire de preocupación. Después de casi dos horas, se levantó bastante abatido. Todos en el pueblo quedaran mirando el sabio para descubrir lo que había escuchado tan terrible. La gente rodeaba al sabio, que fue describiendo todo lo que las olas del mar le habían transmitido, que ya no escuchaba músicas ni canciones, poemas o sabias frases.

Solo oía gritos, lloros, retumbos, ruidos muy fuertes y un profundo sonido de muerte; y de repente todo se quedó en silencio y el mar dejó de enviar mensajes. El viejo tenía lágrimas por la cara. Un misterio, que nadie podía explicar, invadió el pueblo como un miedo profundo. Todos se retiraron en silencio a sus hogares, sin tener la minina idea de lo que representaba esa nueva sensación dentro de su pecho.

 Poco a poco, la vida de los layetanos volvió a la normalidad y rápidamente olvidaran esta triste noche. En esta época, grandes guerras ocurrían en la región de Mesopotamia, en Fenicia. Pasaron los meses, y en una mañana fría y lluviosa, con el mar de Barcelona cubierto por una fuerte niebla, apareció una mancha oscura, acercándose como un fantasma perdido en la oscuridad de la historia irreal. Los layetanos se escondieron ante esta fantástica aparición que navegaba lentamente hacia la playa y rugía como un dragón desesperado. De repente se hizo el silencio y todo se detuvo. El silencio era más aterrador que el rugido de lo desconocido. En media de una densa niebla, algunas formas raras se aproximaban de la playa con brillos y reflejos que herían  los ojos y ruidos estridentes; el pueblo temblaba aterrorizado; el viejo sabio, atento a todos los movimientos, con los ojos bien abiertos, pedía calma a la gente y, con toda su magia de un privilegiado,  a todos que esto era el comienzo de la historia y de la vida de aquel pueblo; que estas sombras misteriosas no venían para comer su sangre y roer sus huesos, pero que eran criaturas prodigiosas, llenas de poder y de bondad, que llegaban, finalmente, tras un millón de años, para salvarnos de la solitud.

Mas de un centenar de criaturas raras invadieran la playa, vistiendo ropa extrañas, desconocidas, negras y metálicas y cargando grandes fardos, que fueron amontonando en la playa. Eran personas iguales a los laietàns que se trajeaban de manera diferente.

El viejo sabio se acercó, con gestos amigos y cordiales, y los poderes y conocimientos que el mar le ha dado, y habló con los desconocidos fluentemente. Dijeron al sabio que venían desde muy lejos, cansados de las guerras y de ver sus benes saqueados y sus familias asesinadas, y procuraban una tierra de paz, de trabajo, una tierra donde la persona laboriosa fuera mas apreciada que el guerrero sanguinario.

Ellos ya conocían la región y, varias veces, en sus largos viajes por el mar, habían parado allá en noches de luna llenas y llegando hasta la aldea sin nadie se diera cuenta; esta era la razón de haber escogido aquel rincón del mar para hacer de ello su nueva patria,  su nueva vivienda, desde que fuesen aceptado por los nativos, que ellos les consideraban los dueños de la tierra, del mar y de los bosques.

La niebla se fue disipando y los laietàns quedaban cada vez más abismados con el tamaño de la nave que había traído los nuevos visitantes. Según el viejo sabio, ellos eran hijos de Hércules, el fenicio, como muchos historiadores de la mitología lo conocían, pues existieron muchos Hércules.

Hércules, que venía desde la capital Tiro, en la Fenícia, rumbo al occidente para fundar colonias, y el viejo sabio quedaron varios meses conversando, mejorar la convivencia. Poco a poco fueron surgiendo nuevas casas para los fenicios; ellos ya usaban todos los avances de la cultura oriental y juntos traían arquitectos y constructores que pronto se pusieran a trabajar y, simultáneamente, fueron enseñando a los laietàns a manipular los metales, cultivar alimentos, los oficios, el comercio, cuñaban monedas y fabricaban las armas y utensilios diversos. Los laietàns mostraron gran habilidad y rápidamente fueron aprendiendo, con las enseñanzas de los fenicios, a construir barcos y el arte de la pesca.

La villa fue creciendo y civilizándose, pero continuó pequeña. El viejo sabio era como el primero-ministro de los laietàns, ya que las intenciones de los fenicios no era conquistar la pose de la tierra sino criar centros comerciales en diversos lugares do Mediterráneo.

No cabe dudas que los fenicios dejaron su huella profunda en el espíritu y en la forma de ser de aquella colonia. El viejo sabio no había desistido de su medio de comunicación a través de las ola do mar. Él continuaba, todas las tardes, sus escuchas, solo que ahora con más conocimientos, lo que facilitaba el entendimiento más claro de los mensajes del extranjero.

Hércules acaba por ser considerado el fundador de la ciudad de Barcelona, dándole poderes extraordinarios, incomparables con cualquier otra ciudad de continente. En ella habría las brisas del ultramar, lo más azul de la tierra, los vientos frescos dos Pirineos, las flores más abundantes y las criaturas más geniales de la tierra.

Hércules habló al viejo sabio: “Barcelona será conocida en todo el mundo por sus talentos, por los genios que este trozo de tierra entre el rio Llobregat y el rio Besós dará al mundo. Los hombres y las mujeres serón dotados de una sensibilidad muy especial, pues nosotros, los fenicios, maestres en el comercio, sabemos que el mayor valor de las criaturas está justo en el abstracto, donde no se consigue la medida del valor de esto o de aquello…”

El viejo sabio enseño a Hércules los secretos de como escuchar todo a través de las olas del mar; por esto los dos pasaron todas las tardes a escuchar lo que el mar tenía a decir y que mensajes enviaba. Con este secreto de la escucha, Hércules quedó mucho más poderoso. Como se nota que esta escucha telefónica  tiene más de tres mil años.

Dicen que el nombre de la ciudad surgió de la siguiente historia: la nave en la cual llegó Hércules se llamaba Barca. Sucede que era una flota de nove, y ocho se perdieron en una tempestad, cuando pasaban por las islas de Mallorca. llamaron la nueva villa de Barca-nona, en homenaje  a la nona barca que se salvó, ya que los dioses jamás permitirían que Hércules naufragasen. Así, este seria el nombre primitivo de Barcelona: “Barcanona”. Otras leyendas cuentan que el nombre se originó de un homenaje el cartaginés Aníbal Barca, después de su paso por la ciudad. Sin embargo la otra historia me agrada más y me parece más creíble: la que había sido Hércules quien dio la gracia y la magia a la ciudad de Barcelona.

TEXTO DE FRANCESC PETIT


 

Thiago MassiBarcelona